Nunca había vivido algo tan difícil como esto. En este mismo momento quisiera darme por vencida, entregarle el control de mi vida a otra persona, como si fuera una bicicleta, y que pedaleen ellos mientras yo me convierto en un árbol, o mejor en una roca, y habito un mundo mineral que no me necesita consciente. Pero aún estoy aquí.
Este mes se
cumplen 10 meses desde que caí enferma. Mirando en retrospectiva ahora que entiendo
mejor el cuadro, puedo ver que los primeros síntomas aparecieron en agosto de
2025 y fueron de orden neurológico-hormonal. Luego vinieron las reacciones alérgicas,
el brote de las enfermedades autoinmunes que ya tenía, y una escalada de síntomas
extraños que aparecían y fluctuaban bruscamente y que ningún profesional de la
salud podía explicar; aún no pueden.
Lo más difícil
de esa fase inicial fue perder mi trabajo. Luego fue entender que casi todas
las relaciones que había creado eran un espejismo al que yo me entregué sin ningún
límite, pero que en realidad nunca estuvo ahí: a la mayoría de las personas no
les importó que un día ya no fuera más a trabajar. Definitivamente, nada ha
sido fácil en estos 10 meses, pero perder la sensación de pertenencia a una
comunidad que, como inmigrante, consideraba mi familia, e irme con el corazón roto
de un lugar al que le di todo, definitivamente lo han hecho todavía más difícil.
Probablemente porque puso en crisis ciertos aspectos de mi identidad, pero también
porque después de un tiempo pude ver que en la base de su indiferencia lo que había
era racismo.
En algún momento
de esos primeros meses también tuve que aceptar que la pérdida auditiva era lo
suficientemente significativa como para no poder seguir estudiando para certificarme
como maestra Waldorf. Así que tuve que dejar ir eso también, junto con todo
aquello que requiere que puedas escuchar sin necesitar subtítulos. En ese
periodo todavía tenía días buenos, en los que mágicamente despertaba
escuchando, y podía ponerme al día con los audios, conversar con mi amiga K
mientras caminábamos por el vecindario, pero, sobre todo, podía escuchar música.
Aprovechaba de cantar y bailar, y cultivaba la esperanza de que quizás la audición
sí iba a quedarse esta vez. Pero no.
Quisiera poder cantar ahora una canción intensa y triste, como las de la Luz
Casal que ponían en las pelis de Almodóvar. También quisiera salir a caminar sin
mascara KN95 y sin pensar en la posibilidad de que el ejercicio y los contaminantes
ambientales puedan agravarme los síntomas, y por contaminantes me refiero al
perfume de alguna vecina que pase por mi lado, o el polen de los pastos largos
que adornan la plaza de la esquina; la temperatura, la luz, el viento… las pelusas
blancas del Cottonwood que en Santiago aparecen en octubre, y todos nos unimos en
la queja organizada contra la decisión de algún mítico urbanista de mediados
del siglo XX que decidió plantar los benditos plátanos orientales en todas las
avenidas y plazas de la capital chilena. Me acuerdo con certeza de que aparecen en octubre porque estaban por todas partes la primera vez que mi papá me llevó a la Juanita Aguirre en Conchalí, a visitar la escuela donde iba a empezar 4.º grado el año siguiente. Entonces me causó tal impacto ver tantas pelusas
blancas suspendidas en el aire, saturando el espacio, moviéndose en el suelo
como una especie de marea blanca, frágil y errática. Entonces era octubre del 93
y yo tenía 8 años. Y aunque aún no lo sabía, estaba a punto de caer del paraíso
y de cruzar el Rubicón brusca y permanentemente.
Las pelusas
blancas ahora se me aparecen en mayo, y ya no son culpa del plátano oriental,
sino que las semillas del Cottonwood y el Alder, que parecen hacer la transición
entre los días de mucho polen de árbol, a los días de mucho polen de pasto. Desde
que comenzó la primavera, mi audición no ha experimentado más mejoras mágicas.
No ha habido ningún día en que escuche "normal "o sin esfuerzo, y cada semana
es peor. Aun así, si no estoy con un episodio de fatiga o dolor, he salido a
caminatas cortas al atardecer. Antes de ayer fui con mi hija y lo pasamos bien sacando fotos. Ahora voy a ir de nuevo a disfrutar de los colores que nos regala el ocaso, siempre esperando que no se agraven los síntomas y que todo esté bien, después de todo, Esperanza es mi segundo nombre.

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